El Gordo
El Gordo
Del Hombre que le pidió matrimonio a la luna
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XIX · 2026
ㅤㅤㅤㅤÉrase una vez, en un tiempo bastante cercano, un hombre mórbidamente gordo, de nombre Prudencio Delgado. Era un tipo tan voluminoso que no podía mirar abajo, ni mucho menos verse los pies; le decían que hasta la avaricia se la comía, que los pecados se los guardaba en la panza y que, peor aún, se había comido a su madre.
Prudencio Delgado nació siendo el bebé más pequeño; era prematuro y, aun así, ya parecía una bola.
—Este es el bueno, mi mero gallo.
Dijo su padre —un hombre calvo, pálido, con panza de cerveza y bigote mal cortado— cuando Prudencio golpeó a otro bebé en la incubadora para que le pagase tributo.
Desde que iba en el preescolar, Prudencio Delgado ya era padrote y, por una mordida de torta, las niñas podían elegir a los niños más veloces para que les dieran la mano durante el recreo.
En la primaria, Prudencio se había hecho jefe de grupo, amenazando a los demás candidatos. Había también comenzado a robar dulces de la cafetería para revenderlos y comprarse más.
En la secundaria, había decidido que ya no quería estudiar; le parecía incómodo tener que sentarse en un pupitre tres veces menor que su tamaño, solo para escuchar a una señora hablar sobre cosas que pasaron cientos de años atrás.
Cuando su padre se enteró, le alegró con demasía saber que por fin había reflexionado; lo había metido a la escuela de mala gana y le daba miedo que, con tanto libro, se fuera a hacer comunista.
Pronto le enseñó el buen oficio de cobrar renta.
Pero esta no es la historia de cómo Prudencio Delgado consiguió su dinero, ni de la fallida campaña política que se hizo, sino de la fatídica tarde en que fue al restaurante “Tres Dientes”.
El lugar lo habían abierto en plena avenida mayor, justo frente a la majestuosa rotonda y las fuentes por donde todos los carros pasaban al centro de la ciudad. No había sido menos que un escándalo mediático, una sensación comercial y una campaña de marketing tan grande como la Virgen de Guadalupe, o lo que ahora serían las obras de Romero Britto.
Buenas o no, la inauguración tenía dos días de haber sido, y no había opinión que no incluyera un “las mejores espadas que he comido en la vida”. Era tan demandado que se llegaba a decir, la fila duraba hasta seis horas.
Por supuesto, Prudencio Delgado debía estar allí y, cuando los dueños del local —unos costeños recién llegados— se enteraron de que iba, trataron de hacer todo lo posible para que no entrara al lugar. Habían incluso puesto una puerta más pequeña para que no pudiera pasar, mandaron a hacer un letrero que pusiera peso máximo a las sillas y habían metido más ensaladas al buffet.
Todo sucedió en vano cuando tres hombres vestidos de negro hasta las gafas en sus ojos, llegaron a mitad del día con hachas para quitar las remodelaciones.
Aquellos fuereños eran nuevos en la ciudad, pero no es difícil imaginar la fama de aquel marranete, ni el significado de tal violación al local sin consecuencia ni descaro.
No les quedó más que estarse de pie y esperar.
Prudencio Delgado llegó en su carruaje a las tres de la tarde. Estaba sentado atrás de un camión de carga, de los que mueven animales; por su uso constante, estaba acolchonado de todas partes con suave terciopelo de fantasía. Las rejas habían sido tapadas con cortinas y una improvisada carpa hacía de techo.
Montones de cojines yacían regados por todas partes, junto a una televisión a color y alacenas de bocadillos que no se echaban a perder, porque todos los días se acababan. Las escaleras estaban reforzadas, pero desde hacía un par de años no se usaban. Para bajarlo le ponían arneses que atoraban a una grúa, asegurada al suelo con tecnologías innovadoras para que no se volteara el auto.
Cuando estacionaron el vehículo de animales, los tres hombres con hachas seguían sentados en la acera. Los otros dos que manejaban se bajaron del vehículo, dejando las escopetas recargadas sobre el asiento.
Con esfuerzo, atoraron los cinchos de Prudencio y lentamente lo bajaron con la máquina, en un silencio incómodo de casi un minuto.
Cuando sus piernas sintieron el suelo, no tardó en moverse: se siguió derecho, ignorando a los costeños, avanzando en cámara lenta hacia la puerta.
Su cuerpo se atoró con los marcos y los tres hombres dejaron las hachas para empujarlo. Después de un rato, hasta los fuereños se habían sumado a hacerlo entrar, mientras los conductores daban hachazos a los lados. Prudencio, del esfuerzo moría de hambre.
Adentro habían sacado a todos los comensales, juntado cuatro mesas y quitado las sillas para cambiarlas por un colchón viejo. No tardó mucho en iniciar el banquete, mientras la gente enojada observaba desde afuera cómo quitaban con prisa sus platos a medio comer. Salió uno de los costeños a decir que les reembolsarían si regresaban más tarde, pues ahora debían alimentar al “come quesadillas”.
Prudencio Delgado levantó los pies para dejarlos caer con fuerza, dando inicio a una ida y vuelta de meseros temblorosos, con gotas de sudor por todo el cuerpo, sujetando las grandes espadas con carne para voltearlas sin demora sobre el plato de aquel hombre mórbidamente gordo.
Empezaron por una porción que devoró en pocos minutos, desde los camarones hasta los corazones de pollo. Levantó las piernas y volvió a azotarlas contra el suelo. Otra ronda de meseros salió.
Esta vez llevaban piña, pan, además de papas, comidas que voltearon junto a los demás cortes. Este tiempo duró aún menos y, antes de poder regresar a la cocina, Prudencio pedía más.
—Llévenle pan de ajo pa’ que se llene este cerdo bofarrón.
Ordenó el costeño, oculto atrás de un sillón.
Entonces todos los meseros aparecieron cargando espadas atiborradas de pan.
—¿Y esto qué es? Yo lo que quiero es carne.
Dijo Prudencio, sujetando del hombro a uno de los muchachos vestidos en camisa blanca.
—Eh-eh…
—¿Eh-eh qué? ¿Tráeme carne!
Gritó el obeso.
—Tranquilo, tranquilo —dijo el costeño, saliendo de atrás del sillón, mientras el otro contenía a la gente en la puerta—. Si este solo es un tiempo, señor, pa’ que se refresque la boca.
Chasqueó los dedos en señal a los meseros.
Afuera, la gente golpeaba las ventanas con furia.
—¡Eh!
—¡Nuestras comidas, se come nuestras comidas!
—¡Tenemos hambre!
—Pues vaya a otro restaurante —respondía enojado el costeño.
Para cuando los cortes salían de la cocina, Prudencio había acabado con los panes y eructaba con desesperación.
La cuarta vuelta, ni siquiera sirvieron porciones, sino que directamente dejaron caer todo de las espadas para amontonarlo sobre el plato.
—Madre mía, Cristo seño’, que no’ van a dejar sin na’.
Uno de los hombres a la entrada del restaurante tomó una de las astillas que desprendieron para meter a Prudencio y, con ira, profirió a la ventana un golpe tras otro, tras otro.
La quinta vez que Prudencio azotó los pies al suelo, no se molestaron en llevar los instrumentos. Moldearon una amalgama de pan con cortes y la metieron al horno, en una monstruosa bomba de glúcidos.
Pero Prudencio la engulló sin alzar la cara; prontamente dejaba caer nuevamente las piernas contra el suelo. Desde su sucio colchón, sobre el que caía toda la comida, la mesa quedaba llena de grasa, revuelta con servilletas fusionadas en sobras mal tosidas.
—¿Pero qué vamo’ a hace’, si ya no tenemo’ carne?
Preguntó el fuereño tras el sillón, a su hermano.
—¿Qué vamo’ a hace’? ¿Qué vamo’ a hace’? Pue’ lo vamo’ a saca’, hombre.
Se arremangó y, viendo que ya no estaban los sujetos en traje ni las hachas, se acercó a confrontarlo cara a cara.
—Guarda acá.
Indicó al otro, señalándole la puerta de los clientes enojados.
Mientras se acercaba, pudo ver el monstruoso tamaño de Prudencio, que lo doblaba tres veces, incluyendo los kilos que acababa de comer. Se quedó parado frente al gordo, que no lo miraba.
—Mire, marranete —dijo, señalándolo con el dedo—. Ya estuvo bueno de su gula. Ahora tómese su gordo trasero y vaya yéndose por la puerta que está allá. Agradezca que no le voy a cobra’ to’ lo que comió, pero donde vuelva a poner pie acá…
Siguió hablando el costeño, mientras Prudencio lo miraba de un lado a otro con la boca abierta, sin decir nada.
Entonces sujetó al dueño de las piernas, mientras este se retorcía.
—¡Hombre, ¿qué hace?!
Y se lo llevó a la boca sin más, partiéndolo a la mitad de una mordida.
La gente vio todo desde afuera y, como si los enloqueciera, se abalanzaron desde la puerta, mientras el de la astilla reventaba la ventana.
Entonces el costeño de la entrada volteó a ver a su hermano, quien brotaba en hemorragias, sujetado de las piernas por Prudencio Delgado, siendo su tronco masticado con desagradables crujidos.
Al ver esto, se lanzó al suelo entre alaridos y chillidos.
A las personas no les importó: lo aplastaron hasta la muerte mientras se abalanzaban por cualquier hueco en el local.
Pronto rodearon a Prudencio, quien los miraba sin decir nada.
Soltó el cadáver del fuereño, se lamió los dedos y extendió la mano para agarrar a otro.